cajitas de musica

Hola Alvaro, el siguiente es un extracto de un texto de Orhan Pamuk que nos habla de Estambul:

“Cuando era niño, Estambul era una ciudad tranquila ciudad de provincias con una población de un millón de habitantes; medio siglo después es una metropoli 10 veces mayor, rodeada de barrios desconocidos y distantes en los que nunca he estado y cuyos nombre solo conozco por los periódicos. Cuando me asomo a la ventana, me cuesta aceptar que estas poblaciones de periferia son una parte d emi ciudad. Ni siquiera en mis sueños habría esperado que las calles de mi niñez fueran tan blliciosas como lo son hoy. Pero cuando uno está tan unido a una ciudad como yo lo estoy a Estambul, acabas por aceptar su destino como el tuyo propio; llegas a verla casi como una extension de tu propio cuerpo, de tu propia alma. Así que cuando ante mis ojos veo el cambio de las calles, de las tiendas y de las plazas- y durante las últimas décadas he visto los cines, las librerías y las jugueterías más importantes de mi niñez cerrar sus puertas- reacciono igual que cuando veo a mi propio cuerpo envejecer. Tras el estupor inicial, me resigno ante mi nuevo aspecto.

¿Puede una ciudad tener alma? Si la tiene, ¿de qué está hecha?El alma de una ciudad, ¿se forma por su tamaño, su cultura y su historia, o nace de la historia que sus calles y sus edificios imprimen en nuestras mentes?Más aún, el alma de una ciudad ¿depende de lo bulliciosa que es o de lo vacía que está?¿De la bruma o del calor?¿Está en el río que cruza o- como en el caso de Estambul- en el mar que la divide en dos? ¿Dónde sentimos su alma con más intensidad? ¿Cuando la vemos desde lo alto de una colina? ¿Cuando pasamos por un paso subterráneo? ¿Cuando nuestros oídos escuchan el alboroto de la ciudad? ¿Cuando nos pica la nariz por su aire húmedo y sucio? Quizá cuando todos estamos acostados oyendo cómo la ciudad duerme como un viejo animal cansado y escuchamos el sonido de la sirena de niebla en el Bósforo. En mi opinión, el alma de una ciudad cambia cuando la ciudad cambia.El Estambul nuevo y opulento de hoy no es la ciudad melancólica que conocí de niño.

Pero incluso hoy me habla de soledad. En las tardes de verano, el alma de la ciudad está en sus anticuados autobuses que circulan con dificultad entre nubes de polvo, humo y contaminación mientras llevan a los sudorosos pasajeros a sus casas; está en la nube de niebla que cubre la ciudad y que, al atardecer, se torna entre naranja y púrpura, y en la luz azul que sale de millones de ventanas cuando, casi al mismo tiempo, la ciudad enciende sus televisiones- y justo en el mismo instante en que las mujeres de toda la ciudad fríen berenjenas para la cena- “.

Extracto de Mi Estambul secreto- Orhan Pamuk (aparecido en El País Semanal- 26 agosto 2007)

En cuanto a Bogotá, la idea me vino esta tarde, cuando transitaba una de las calles del centro. Algunos de los muros son tan raídos como los de las calles del centro bogotano, algunos de los avisos en letras doradas no funcionan desde los mismos años setentas… es para creer que los centros se parecen todos, pero no es verdad. Digamos que hay ciudades yuxtapuestas, cuyas calles se tejen entre ellas.

Esta tarde, mirando el segundo piso de uno de esos edificios bajitos y un tanto chatos, con grandes ventanales, encontré un hilo que me atraviesa en diversas ocasiones: algunos lo llamaran la nostalgia, saudade o “mal du pays”…yo prefiero no etiquetarlo. Se trata del recuerdo de un almacén localizado sobre la carrera séptima con 24 más o menos, en el costado occidental de dicha avenida. En este lugar, durante años y años hubo cortos desfiles a una hora fija: los maniquíes eran reemplazados por modelos en carne y hueso que desfilaban a través de la vitrina en plena carrera séptima.

Este recuerdo tiene varias particularidades: la primera es que dichos desfiles tenían lugar todos los días a la misma hora (a menos que no fuera una vez por semana el mismo dia, o dos veces por semana, quién se acuerda!). El hecho de que este desfile fuese una cita lo convertía en un rito. Segundo, las maniquíes que estaban allí evocaban las modelos que los encarnaban a hora fija, de la misma manera que las modelos hacían lo mismo con los maniquíes: a cualquier hora del día y d ela noche, las modelos vivas existían a traves de esos maniquíes que cobraban vida de tanto en tanto. Y tercero, ese recuerdo tan profundo en mi memoria, nunca he sabido si es un recuerdo propio, si yo alguna vez lo vi con mis propios ojos, o si sencillamente es un recuerdo heredado de mi familia, que siempre convocó la magia de esas ventanas cuando pasabamos enfrente del local. 000_0488.jpg

Para terminar la travesía citadina esta imagen de una vitrina Cartagenera, abrazos y recuerdos

natalia

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